Por Jorge Aravena, académico Facultad de Negocios Universidad de Chile
OPINIÓN
“El desarrollo de energías renovables en Chile no solo representa un avance en sustentabilidad, sino también una oportunidad concreta de eficiencia y gestión de riesgos. La diferencia no estará en el acceso a energía limpia, sino en la capacidad de las empresas para gestionarla estratégicamente”.
La matriz energética chilena está cambiando a una gran velocidad. De acuerdo con el Coordinador Eléctrico Nacional, durante 2025 la generación a partir de fuentes solares y eólicas alcanzó su mayor nivel histórico de participación en el Sistema Eléctrico Nacional. Así, “Low-Carbon Power” estima que un 67% de la energía provino de fuentes bajas en carbono, consolidando el avance de tecnologías limpias.
El impacto de esta transformación es significativo. La incorporación de energías renovables permite reducir emisiones de CO₂, mejorar la calidad del aire y disminuir la presión sobre recursos naturales, al tiempo que incorpora fuentes de generación prácticamente inagotables. En otras palabras, no solo se trata de sustentabilidad ambiental, sino también de seguridad energética de largo plazo.
“La incorporación de energías renovables permite reducir emisiones de CO₂,
mejorar la calidad del aire y disminuir la presión sobre recursos naturales”
A su vez, la menor dependencia de combustibles fósiles —especialmente del petróleo— reduce la exposición del país a la volatilidad de los precios internacionales, factor particularmente sensible en el actual contexto geopolítico: mientras en 2009 un 52,2% de la generación provenía de combustibles fósiles, en 2025 el petróleo representa solo un 1,2% y el gas natural un 15,1%.
Sin embargo, este avance a nivel sistémico no se traduce automáticamente en beneficios para las empresas. La entrada de nuevos actores en generación —principalmente solar y eólica— ha contribuido a contener el alza de costos, pero capturar ese valor requiere gestión activa. Centros industriales, plantas productivas y centros logísticos deben entender en profundidad su perfil de consumo energético y revisar sus condiciones contractuales.
“mientras en 2009 un 52,2% de la generación provenía de combustibles fósiles,
en 2025 el petróleo representa solo un 1,2% y el gas natural un 15,1%”
En este contexto, la decisión entre ser “Cliente Regulado” o “Cliente Libre” deja de ser administrativa y pasa a ser estratégica. Mientras el primero opera con tarifas fijadas por la autoridad, el segundo permite negociar directamente con generadoras o comercializadoras, capturando potenciales eficiencias, pero también asumiendo mayor complejidad. La conveniencia de uno u otro dependerá del patrón de consumo, escala y capacidad de gestión de cada organización.
Esta definición es clave para habilitar decisiones más estructurales, como la incorporación de electromovilidad, la autogeneración o el rediseño de operaciones logísticas con menor huella de carbono. En otras palabras, la estrategia energética comienza a integrarse directamente con la estrategia operativa.
En definitiva, el desarrollo de energías renovables en Chile no solo representa un avance en sustentabilidad, sino también una oportunidad concreta de eficiencia y gestión de riesgos. La diferencia no estará en el acceso a energía limpia, sino en la capacidad de las empresas para gestionarla estratégicamente.
Colaboración de:
Jorge Aravena
Académico Facultad de Negocios Universidad de Chile
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