Por Gustavo Aballay, docente Universidad Santo Tomás
OPINIÓN
“Una empresa responsable con el medioambiente no solo protege su entorno. También protege su capacidad de producir, cumplir compromisos, conservar la confianza y seguir funcionando. En un escenario cada vez más incierto, esa preparación puede marcar la diferencia entre una organización que reacciona cuando ya es tarde y otra que logra adaptarse sin perder el rumbo”.
Cuando hablamos de este tema, muchas empresas siguen pensando en el cumplimiento normativo, en los permisos y en las acciones destinadas a cuidar el entorno. Todo eso es importante, pero la gestión ambiental está mucho más cerca del funcionamiento diario del negocio de lo que a veces se reconoce. Puede determinar si una empresa estará en condiciones de continuar operando cuando cambien las circunstancias, se interrumpa un suministro o aparezca una exigencia que no había sido considerada con suficiente anticipación.
En mi experiencia como consultor, he visto organizaciones que crecen rápidamente, aumentan sus ventas, incorporan trabajadores y amplían su capacidad productiva, pero dejan para después aquellos temas que no generan ingresos inmediatos. La gestión ambiental suele estar entre ellos. Sin embargo, cuando llega una fiscalización, un requerimiento sanitario, un corte de suministro o un evento climático, esa postergación comienza a generar consecuencias concretas.
He podido observar esta situación de cerca en una empresa del rubro de alimentación animal. Durante años, sus esfuerzos estuvieron concentrados casi exclusivamente en producir, vender y responder a la demanda. Con el tiempo, esa postergación generó brechas y fue necesario ordenar los controles del agua, el manejo de residuos, la limpieza, los registros, el mantenimiento y las responsabilidades internas.
Lo que inicialmente parecía un conjunto de exigencias administrativas mostró algo más profundo: la empresa no tenía completamente protegidas las condiciones que permitían sostener su producción. Esa experiencia confirma que la gestión ambiental no puede separarse del negocio. Una falla puede detener la producción, elevar los costos, retrasar las entregas y afectar la confianza de los clientes.
“Con el tiempo, esa postergación generó brechas y fue necesario ordenar los
controles del agua, el manejo de residuos, la limpieza, los registros, el
mantenimiento y las responsabilidades internas”
La gestión ambiental también puede mejorar la eficiencia. Medir consumos, controlar pérdidas y revisar procesos permite descubrir costos que con frecuencia pasan inadvertidos. El desperdicio de agua, energía o materias primas no representa solamente un problema ambiental; también es dinero que la empresa está perdiendo. En muchos casos, ordena los procesos existentes, aclara responsabilidades, genera información útil y permite tomar decisiones con mayor anticipación.
Una empresa responsable con el medioambiente no solo protege su entorno. También protege su capacidad de producir, cumplir compromisos, conservar la confianza y seguir funcionando. En un escenario cada vez más incierto, esa preparación puede marcar la diferencia entre una organización que reacciona cuando ya es tarde y otra que logra adaptarse sin perder el rumbo.
Colaboración de:
Gustavo Aballay Noriega
Director ejecutivo Abanor Latam y docente Universidad Santo Tomás
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